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Su estrategia era pensar en el mar, imaginarse mecida por las olas o arrastrada por la marea; sí, mejor la idea de algo que fluye, ella a la deriva, flotando sin remedio en un océano oscuro de espuma, indómito… Y ese olor suave y dulce inundando la sala, anunciando su llegada. Era lo único dulce de aquel lugar, aquel ir y venir de batas blancas sin nombre. No podía mantenerse erguida, un puño imaginario le comprimía el vientre que, herido, perdía oleadas de líquido azucarado con dolor y una especie de tristeza.

Le imaginaba flotando en una bolsa escasa, insuficiente, por un momento el puño no apretaba; pensar en él era sin duda la mejor estrategia.

Perdió la noción del tiempo, con los ojos cerrados permaneció inmóvil y se entregó a la dulzura buscando consuelo. Esperó a ser arrastrada por las olas que brotaban de ella misma pero nada sucedió, seguía allí, con el tiempo detenido en las incómodas luces de la fría sala.

Ni rastro de él, solo el monitor marcando su sufrimiento, perturbando su trance. – Dejadme que me hunda – parecía decir, pero tenía el corazón en vilo y eso la mantenía en vida.

Su cordura estaba entonces en la esperanza, en ese hormigueo tan parecido al amor que llevaba sintiendo hacía unos meses.

El bisturí marcó la salida. – No hay otra alternativa – le aseguraron. Sus sueños e ilusiones desovaron en un mar de dudas. No esperaba verse paralizada y abierta ante un público. No esperaba que se lo arrancaran sin darle tiempo a recorrer su propio camino.

Pero un llanto silenció la sala, los dejó a todos sin palabras. La vida era posible una vez más, el dolor no los había vencido. Ella olvidó lo que antes cobraba importancia cuando su llanto se unió al de él, dejó de ver la vida que proseguía a su alrededor detenida en el calor de sus mejillas. Sus pechos se inundaron, él la ayudaba succionando y luchando por su vida. Era fuerte, tal y como lo había imaginado. Era él, era el dulce líquido, el hormigueo, el dolor de las batas sin nombre, el esperado final.

 

Alba Seoane

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