milky way

 

Aquella luz la traspasaba, emergía del techo cálida y envolvía toda la sala. Sabía que nadie más podía verla, no podría compartir con nadie aquella sensación de casa que un día perdió y ahora la inundaba. Tuvo miedo de volverse loca pero una voz muda y ancestral la tranquilizaba: “estoy aquí, siempre lo he estado…”

Lo peor para ella era el peso de la razón que recababa información para entender lo que estaba sucediendo, sin éxito.

Empezó a luchar contra su intelecto, era un verdadero estorbo y la mantenía anclada. Pensó en una fuente, luminosa, originaria, su familia, su casa. No quería soltarse, no deseaba desprenderse de aquella membrana dulce que ahora la contenía y le cerraba los ojos. ¿Será esto como la muerte? Se preguntaba.

No deseaba volver ahora que se había encontrado, volver a lo ajeno y lo mundano.

Pero no tenía otra alternativa, “ahora no”, le repetían. Tendría que seguir echando raíces cuando ser una ínfima partícula de polvo era lo que más deseaba, gravitar en un espacio desordenado y gobernado por un caos primigenio, sin ningún sentido, así, feliz como ella misma.

Pero no, ahora no, la sombra de la muerte era más cotidiana de lo que pensaba, no era nada excepcional ni terrorífico como le habían contado. Se acordó de él y pensó que en él también confluían las mismas polaridades, tal vez por eso lo amaba tanto. Su razón volvió a resentirse ante tal pensamiento, “ya estás de nuevo desviándote…” pensó, “¿pero de dónde, del buen camino? Cómo puedo saber a dónde me lleva si el final es siempre el mismo. En realidad, no es más que un juego, el sufrimiento no es más que un juego, un pasatiempo para dar algo más de sentido a nuestras vidas. La finalidad es otra y la tengo aquí, encima, justo encima de mi cabeza”.

 

Alba Seoane